Aníbal García Ricci, presidente de la Asociación Fomento Rural de Lascano, todavía tiene fresco el recuerdo de 2016, cuando la creciente del río Cebollatí dejó bajo agua a 200.000 hectáreas del norte de Rocha, destruyó 700 kilómetros de caminos rurales y le costó la vida a un productor que intentaba salvar el ganado de un vecino. Diez años después, con un nuevo fenómeno de El Niño anunciado para la próxima primavera, el temor a que la historia se repita volvió a instalarse en la zona. La diferencia, esta vez, es que ya existe una solución diseñada para amortiguar el próximo desborde y costaría menos de US$ 1 millón: un terraplén de ocho kilómetros que lleva más de dos años a la espera de una definición del Ministerio de Ambiente.
García Ricci explicó a Valor Agrícola que la preocupación central de la Fomento Rural pasa hoy por la alta probabilidad de lluvias por encima de lo normal en la próxima primavera, más que por el estado puntual de un único trámite. El dirigente indicó que lo que hoy está sin respuesta en Ambiente no es la construcción del terraplén en sí, que todavía no fue presentada formalmente, sino una obra previa que la asociación considera indispensable antes de avanzar hacia esa etapa.
El dirigente contó que el norte de Rocha es una superficie de casi 300.000 hectáreas de topografía plana que drena hacia la laguna Merín a través de varios cursos, entre ellos el río Cebollatí, el estero de Pelotas, el río San Luis y el río San Miguel. El Cebollatí, señaló García Ricci, tiene una particularidad que lo distingue de otros cursos de agua: cuando desborda hacia el lado de Rocha, el agua no vuelve al cauce. Continúa por la zona plana del norte rumbo a los desagües naturales y a la laguna, y ahí queda estancada.
El fenómeno no es nuevo, ya en la década de 1940 el ingeniero Martínez Bula había diagnosticado el problema y proyectado represas y drenajes para las zonas bajas. En ese momento, remarcó García Ricci, se consideraba que los humedales eran tierras improductivas que había que drenar. Hoy la mirada cambió y el agua dulce se valora como un recurso a conservar.
Ocho kilómetros para frenar el agua
El terraplén proyectado protegería la margen derecha del río Cebollatí, desde el cruce de la ruta 14, en el límite entre Rocha y Lavalleja, en un paraje conocido como Sierra de las Averías, hasta otro punto alto llamado Paso del Gringo. Tendría una altura de apenas un metro, con tramos de hasta dos, y un costo estimado por debajo de US$ 1 millón.
García Ricci explicó el funcionamiento a partir de la escala que mide las crecientes del río: hasta los 6,50 metros el agua circula por el cauce natural sin generar problemas; a partir de ahí comienza a verter hacia la margen derecha, y cuando supera los 7,30 metros —el nivel que se alcanzó en 2016— se produce una inundación de gran magnitud. Con el terraplén construido, el río no desbordaría hasta los siete metros, momento en el que un vertedero previsto en el proyecto liberaría agua de forma controlada. "Si la creciente es muy importante, como la que hubo hace diez años, igual pasaría casi la mitad del agua por ese vertedero rumbo a Rocha", aclaró, aunque remarcó que los drenajes ya construidos permitirían evacuar ese volumen sin generar el mismo daño.
Antes de plantear formalmente el terraplén, la Fomento Rural de Lascano pidió autorización para limpiar un tramo del estero de Pelotas, entre la ruta 15 y el paraje El Quebracho, con financiamiento ya comprometido por la Intendencia de Rocha, el propio ministerio y los productores beneficiados. La propuesta llegó a Ambiente hace más de dos años y todavía no tuvo respuesta. "Nosotros iríamos por más, después iríamos por el terraplén, pero en los hechos aún no hemos presentado nada sobre esa obra porque entendemos que esta etapa es previa", explicó García Ricci.
Con la parte más intensa de El Niño prevista para el último trimestre del año, García Ricci reconoció que los tiempos administrativos probablemente no alcancen para completar el trámite antes de la temporada de lluvias. La frustración, dijo, se repite cada vez que sube el río: llegan las autoridades, ofrecen asistencia y evacuación, se habla de la problemática, pero pasada la emergencia el avance vuelve a frenarse.
En los eventos más severos, que se repiten cada nueve o diez años, según su cálculo, los productores deben sacar el ganado hacia zonas altas o campos forestados y comprar forraje para sostenerlo, con pérdidas que incluyen el reemplazo de mejoramientos de pasturas a un costo cercano a los US$ 300 por hectárea. García Ricci recordó también el costo humano de la creciente de 2016, cuando murió ahogado un productor de la zona que intentaba salvar el ganado de un vecino después de haber puesto a salvo el propio.
La zona bajo riesgo está poblada mayoritariamente por productores familiares de entre 300 y 400 hectáreas, con algunas excepciones de establecimientos más grandes vinculados a capitales brasileños. Sobre esa base productiva se asienta buena parte del arroz, el maíz, la soja y la ganadería de cría del norte de Rocha.
